It’s not about havin’ someone to love me anymore
Comencé a odiarte.
Me hubiese gustado decir que no me gusta por lo que estás pasando, y que no es justo para tí.
Pero me alegro tanto...
Al fin pudiste tener una probada de tantas cosas que me hiciste y como me hiciste sentir.
Te lo mereces.
Cuando dejé de quererte, empecé a amar de a poquito: cómo quien le da los primeros sorbos al café hirviente.
Había mucho frío en mi interior: con el alma vacía, por capricho se pueden dar ciertos lujos para redecorarla a placer. Bebí mucho -ya no para llorarte- sino para inundarme de risas y bobadas; que entrara aire, perfume, música y baile como si la fiesta que empezaba no tuviera fin.
Así fue que retomé los pendientes y me permití estar con quién me diera una noche o cien. Medio día o tardes enteras. Quien tuviera tiempo y ganas de hablar y escuchar -Dar y recibir-. Fueron bienvenidos todos aquellos que aportaran luz momentánea o permanente y también, pudiera dejarles una pizca de mi vida un ratico o más. Enlacé amistad, amor o diversión en personas distintas.
Redescubrí que mi cama tenía más de un ritmo y un sonido monótono al follar; que podía sentirse alegre al gemir, platicar, sonreír y descansar. Las sábanas también tenían mucha más vida de la que pensaba -a veces quedaban como cortinas, alfombras, túnicas o manteles- y con una lavada estaban listas para la siguiente aventura.
Cuando dejé de quererte, empecé a quererlo todo de forma libre, distinta y plena... Sobretodo a mí.








